miércoles 25 de noviembre de 2009

Testigo del mayo parisino de 1968 (Repetición)


Yo también estuve, pocos días, pero fundamentales, en el mayo parisino de 1968. Por entonces trabajaba en un periódico vespertino de San Sebastián llamado “Unidad” que a la vez estaba vinculado empresarialmente con el matutino “La Voz de España” y con la agencia informativa de carácter estatal “Pyresa”. A principios de mes comenzaron a llegar noticias intensas sobre algunos disturbios estudiantiles en la Universidad de Nanterre, la segunda del país después de la Sorbona y que estaba situada en las afueras de la capital, aproximadamente a 20 minutos en metro. Era, además, un centro muy particular y avanzado puesto que para ingresar en ella no se requerían estudios previos, sino pasar un examen de acceso bastante riguroso, algo como lo que existe ahora en España para mayores de 25 años. Esto suponía, lógicamente, que entre sus alumnos había una mayoría que procedía de clases sociales bajas, pero que a la vez habían de mostrado una gran inteligencia y formación.
Llegó un momento en que los problemas universitarios de Paris, a los que luego se unieron trabajadores, entre ellos los de la fbrica Citroen, llegaron a adquirir una dimensión muy grande en aquel año en el que se habían producido ya otros acontecimientos importantes en el mundo como la Revolución de Fidel Castro en Cuba, la revolución cultural china o la independencia de Argelia. Entonces la agencia pidió al periódico de San Sebastián (quizá por ser el mas próximo a la frontera francesa) que enviase a un redactor que, lógicamente hablase francés y yo, que en aquel momento tenía el cargo de redactor-jefe de la sección de cultura, fui el elegido.
Entonces, con mis 39 años y el afán aventuro-profesional que siempre presidió mi trabajo, fui a casa después de que el administrador del periódico me diese unos cientos de francos para los gastos, me preparó mi mujer un pequeño maletín, pues tampoco se trataba de un viaje de muchos días, y un compañero me llevó a la estación francesa de Hendaya, a unos 20 kilómetros de San Sebastián, donde tomé un tren nocturno que me dejó en la estación parisina sobre las nueve de la mañana. Allí en metro seguí hacia el barrio latino en busca del Hotel Deux Eglises, que ya conocía, situado muy cerca de la Universidad de la Sorbona y en el que una placa recordaba que en tiempos pasados había residido Picasso. Un hotel modesto, pero limpio.
Era el día 12 y la calle estaba tranquila aunque se veían bastanteas adoquines levantados, mucha policía con cascos y escudos y pocos estudiantes. Lo primero que me llamó la atención en este paseo por el Barrio Latino fueron la pintadas ingeniosas y alusivas a los hechos que sucedían como “la imaginación al poder” –que era el lema genera- , “prohibido prohibir”, “para ser realistas hay que pedir lo imposible”, o “la calle vencerá”.
Más o menos procuré introducirme en el ambiente para sacar temas para mis crónicas sobre todo al día siguiente, cuando se organizó la ocupación de la Sorbona por la mayor parte de los estudiantes llegados desde Nanterre, que fueron luego desalojados por la policía. En la calle se organizó una lucha bastante desigual, lógicamente, pues los estudiantes solamente disponían de piedras que arrancaban de la calle, mientras que las fuerzas policiales llevaban todo tipo de armas antidisturbios, incluidas las tanquetas lanza-agua. Una gran parte de los manifestante, fundamentalmente estudiantes, lideratos por Daniel Cohn-Bendit, más conocido por Dany el Rojo, de tan solo 23 años, tomó casi al asalto el cercano Teatro Odeón, donde en aquel momento esta actuando la compañía de Jean Louis Barrault con la obra “Galileo” de Bertold Bretch.
Allí permanecí un día encerrado –porque al fin y al cabo yo era informador- y tuve la suerte de encontrar teléfono en uno de los despachos de la dirección del teatro para dictar alguna crónica.
Todo lo demás puede leerse en cualquier libro de historia que explique bien la continuidad que duró hasta final de mes.
Yo salí del teatro y me fui a dar otra vuelta, no sin correr algo de peligro aunque mi documentación de periodista extranjero me liberó tanto de unos como de otros y me fui al café “Les Deux Magots”, el local mítico por donde habían pasado Bretón, Picasso, Gide, Leger o Hemingway y donde seguían teniendo su mesa reservada Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, con los que coincidí y tuve ocasión de charlar un momento.
Solo añadiré que un mes después tuve que volver a Paris para informar sobre un combate de boxeo de Urtain, que se celebraba en el Elysee Montmaitre, y en ese local vi colgada toda la decoración del “Galileo”, pues era el que había podido encontrar Barrault para seguir con su obra de gran éxito, dejando su día de descanso para los habituales combates de boxeo. Me resultó original, como es lógico, ver el ring en el centro, y por las paredes laterales dos decorados de teatro.
Y al día siguiente, retorno al hogar en el tren que, de nuevo, me dejó en Hendaya a donde me fueron a esperar compañeros del periódico.

sábado 21 de noviembre de 2009

Los amigos teatreros del Madrid de 1954-57






Creo que ya ha llegado el momento de dejar de repetir viejos blogs y comenzar con uno nuevo que está lleno de evocaciones, porque quiero recordar a los amigos, especialmente del mundo teatral, de mi emoga cadrileña de la segunbda mitad de la decadas de los 50 del pasado siglo XX.
En esta etapa, que duró tres años, exactamente los del curso de doctorado, pues no podía alargarlo más por falta de recursos, a través del mundo del cine y del teatro mantuve grandes amistades.
Quiero recordar a la actriz Marisa de Leza, calculo que cuatro o cinco años menor que yo, que empezó a hacer papeles cada vez más importantes en teatro y en cine habiendo logrado uno de sus primeros grandes éxitos la película “Surcos” de José Antonio Nieves Conde.
Con Marisa solía salir bastante, siempre con carácter de amistad bastante íntima. Recuerdo que en aquellos tiempos, en los que todavía no se hacían automóviles en España, había que conseguir un permiso de importación en el ministerio de Comercio para que las concesionarias de las marcas pudieran importarlos de fábrica. La mayor parte de las veces, el beneficiado ni siquiera veía el vehículo, pues estos permisos eran traspasables, así que se vendían y se ganaba un dinerito.
Por entonces el diplomático José Antonio Jiménez Arnau, también dramaturgo, que había ganado el premio Lope de Vega con su obra más conocida, “Murió hace 15 años”, ocupaba una dirección general en el Ministerio de Comercio y, gracias a sus posibilidades, solía premiar a actores y directores que intervenían en sus obras con el permiso de importación de un automóvil. Marisa fue beneficiada con un Opel y decidió adquirirlo. Cuando se lo dieron, hacíamos prácticas de conducir, a nuestra manera, solamente con un libro de instrucciones, en la cuesta de las Perdices de la carretera de A Coruña, por entonces, lógicamente, con poco tráfico, hasta un bar llamado “La Pérgola” casi frente a una sala de fiestas, decorada como si fuera el Partenón ateniense, aunque su nombre era “Villa Romana”. Allí tomábamos café y dábamos la vuelta y, de esta manera aprendimos a conducir, aunque yo no sacaría el carnet hasta un par de años después, en Pontevedra. Total, no lo necesitaba y en aquellos tiempos era un gasto inútil pues, al margen de esta aventurilla, no tenía coche que conducir.
En una de esas excursiones nos acompañaron Antonio Olano y Mario Durán, jugador titular del Real Madrid, es decir, muchacho con posibilidades económicas, que me lo había presentado un portero ferrolano del mismo equipo llamado Juanito González. Olano, mi inseparable, y yo los presentamos y la cosa resultó tan bien que se casaron. Retirado del fútbol, se fueron a vivir a Tarragona y allí él se convirtió en un importante construcción de viviendas de veraneo, un auténtico pionero y Marisa estuvo retirada de actividades artísticas mientras tuvo sus hijos y los atendió en los primeros años, hasta que tiempo después retornó, aunque con más intensidad en televisión que en cine o teatro que le robaban más tiempo de un hogar que estaba alejado de los centros de producción.
Por aquel tiempo también mantuve amistad con el actor coruñés Antonio Casas, uno de los mejores intérpretes del personaje Amador de Montenegro de las Comedias Bárbaras de Valle Inclán y que luego habría de intervenir en muchos “spaghetti-western” de los que se rodaron años más tarde en Almería y con el coruñés Fernando Rey, hijo de Fernando Casado, (Rey fue el apellido artístico que se puso) un coronel de artillería republicano, ayudante de Azaña. Padre e hijo fueron detenidos después de la guerra, pasando el padre varios años en la cárcel, pero el hijo pudo huir del tren que lo llevaba a Valencia y retornar a Madrid donde se inició como actor de doblaje y se especializó en Laurence Olivier, actor que en una ocasión, después de escucharlo en la versión española de “Hamlet”, lo llamó a Londres para felicitarlo surgiendo una gran amistad facilitada por el dominio que tenía Fernando del idioma inglés, lo que luego el permitiría protagonizar la gran película “French Conectión” de William Friedkin en Hollywood y algunos lugares de Italia. Fernando, cuando yo lo conocí, ya era un actor consagrado con el que en ocasiones solía tomar café en un grupo en el que también estaban Tony Leblanc y el cantante cubano Antonio Machín. Por entonces ya había protagonizado “Locura de amor” con Aurora Bautista y Sara Montiel y poco después sería uno de los imprescindibles en las películas de Buñuel. Nos reencontramos cuando se proyectó en el Festival de San Sebastián en 1973 “El discreto encanto de la burguesía”. Tras mi retorno a Galicia y residiendo en A Coruña, nos vimos varios años en la casa que alquilaba en las afueras, muy cerca de la mía, donde siempre estaba acompañado por su mujer, la actriz argentina Mabel Karr.
Del grupo de actores de las diversas compañías de Tamayo con los que más intimé, e incluso con algunos volví a verme en los últimos años, fueron Asunción Sancho, Fernando Guillén, Gemma Cuervo, José Luis Pellicena, Javier Escrivá, Francisco Valladares, Andrés Mejuto y María Dolores Pradera que cuando representaba en el Español “Cyrano de Bergerac”, después de la función se trasladaba, y a veces la acompañaba, a la sala de fiestas “Alazán” en la Castellana, para cantar sus boleros, rancheras y otras piezas sudamericanas, en especial las de la compositora peruana Chabuca Granda. Con María Dolores seguí manteniendo amistad y encuentros, con ocasión de sus recitales, pues prácticamente dejó el teatro por la música.
También mantuve amistad con los ayudantes de dirección de Tamayo José Osuna, Roberto Carpio, Justo Alonso y Antonio Amengual, de quienes aprendí mucho.
A Aurora Bautista la conocí cuando ya era famosa por su “Locura de amor” y “Agustina de Aragón”, volviéndonos a ver años más tarde en una ocasión en la que representaba “La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennesse Williams, dirigida por Justo Alonso, luego en el festival de Cine de San Sebastián cuando fue a presentar “La Tía Tula” de José Luis Borau y a con la que me encontré por última vez, durante el rodaje en Santiago de Compostela, de “Divinas palabras”.
No puedo olvidar, remontándome a los mismos tiempos, cuando Antonio D. Olano y yo hicimos amistad con el cantante de tangos argentino Alberto Castillo, que se autodenominaba “el cantor de los cien barrios porteños” y que tenía su frase mascota al decir “de que barrio sos que Castillo no os canta”. Lo conocimos cuando vino contratado para hacer unos programas en Radio Madrid, hoy cabecera de la SER, en la que Olano ya colaboraba. Nosotros, como gallegos, le hablamos mucho de Santiago, ciudad que visitó y donde escuchó a la Tuna, lo que le impresionó tanto que escribió una canción que luego fue básica en su repertorio, “Tuna compostelana” incluida después en los repertorios de todas las estudiantinas. Cuando estaba componiéndola, nos cantaba fragmentos incluso por la calle y a pleno pulmón, lo que causaba su pequeño e inocente escándalo.
Castillo, con su bandeonista, vivía en un pequeño apartamento cerca de la sala de fiestas “Casablanca” y el Circo Price y allí nos invitaba a comer los asados que preparaban en la bañera, después de llenarla de madera que quemaban y con el consiguiente peligro de que se resquebrajara el sanitario, cosa que, al menos en nuestra presencia, nunca sucedió.
Y no puedo dejar de citar, para cerrar este post, las tertulias del Café Gijón, con César Gonzalez Ruano, Camilo José Cela, Vicente Aleixandre, estos dos últimos que llegaron a ganar el Premio Nobel de Literatura y algún que otros famoso que alargaría esta lista más que la de los Reyes Godos.
Las fotos que ilustran comprenden dos épocas muy distantes. Una en el aeropuerto de Vigo, con una Aurora Bautista muy joven (yo también) y los periodistas Antonio D.Olano y Manuel Tourón y otra con Fernando Rey, el último verano que coincidimos antes de su muerte.


jueves 19 de noviembre de 2009

Impresionado ante el Taj Majal (Repetición)




Mi primer viaje a la India fue en marzo de 1972 y surgió de una forma totalmente inesperada. Por entonces yo trabajaba en el diario “La Voz de España” de San Sebastián como jefe de la sección de cultura. Un día fue a verme un sacerdote jesuita, el padre Damboriena, y me preguntó, sin rodeo alguno, si me interesaba viajar a ese lejano país. Por supuesto que mi respuesta fue afirmativa, aunque quise saber, como es lógico, los motivos y condiciones.
Me explicó, entonces, que el estado del Gujerat dependía directamente de la diócesis de Loyola y que, por lo general, los jesuitas allí destinados solían viajar a su tierra para sermonear en las iglesias para explicar su labor y recaudar fondos. Pero en aquel momento, por razones políticas del primer gobierno de Indira Gandhi, les dejaba salir, pero no les concedida el permiso de reingreso. Por ello pensaron en llevar a un periodista, redactor de un diario muy leído, y me eligieron a mi. Lógicamente les dije que aunque la propuesta era atractiva, yo no quería ser propagandista de nada, pero su explicación me convenció. Me dijo que durante un tiempo, que llegó a superar el mes, me enseñarían toda la labor que hacían y que al regreso yo escribiese, sin condicionante alguno, mis impresiones subjetivas.
Pasamos al despacho del director y me autorizó la ausencia asegurándome que no me faltaría espacio en el periódico para hacer una buena serie, porque el tema podía aportar muchos lectores, sobre todo en Guipúzcoa.
Tras este preámbulo empezó el periplo y, quizás para que partiese con una buena impresión, antes de realizar las visitas a las misiones del
Gujerat, hicimos una escala en Delhi y desde allí me llevaron a Agra para que conociera el Taj Mahal, que era una de las grandes ilusiones de mi vida.
Después de 205 kilómetros por mala carretera, realizados en un viejo Chévrolet de los años cincuenta, conseguimos llegar hasta las puertas del recinto donde se alza el monumento en medio de un gran jardín. Nada más traspasar la muralla exterior, por fin las retinas de mis ojos se llenaron de la inmensa belleza de esa sinfonía de mármol blanco cuyo cuerpo central está rematado por una cúpula rodeada de cuatro minaretes. Es, sin duda alguna, el mayor monumento al amor, mandado construir por el emperador Shah Jahan para sepulcro de su esposa Mumtaz Mahal, fallecida en 1630 tras 18 años de fiel matrimonio. Durante 20 años, 20.000 hombres trabajaron día y noche para darle forma; artistas llegados desde Turquía, Persia, Arabia e incluso Europa pues destaca la importante colaboración del italiano Gerónimo Veroneo, encargado de realizar las incrustaciones de piedras preciosas formando valiosas guirnaldas de flores.
Una vez dentro, el espectáculo visual fascina más aún con la tumba de Mumtaz Mahal en el centro y, curiosamente, la de su esposo el Shah Jahan, más pequeña y en un lateral. En principio el Shah quería construir como tumba suya, otro mausoleo similar en mármol negro para situarlo a la otra orilla del río Yamouna, pero murió antes de empezar la obra y su hijo pensó que con un solo Taj era suficiente, así que enterró a su padre en el mismo edificio en que estaba su madre. Sobre la lápida de ella puede verse, cubierto por una tapa de mármol, el lugar que ocupó el famoso diamante "Khoi-Norr", hoy formando parte del tesoro de la corona británica.
Después almorzamos en el restaurante del Hotel Clarks, muy preparado para el turismo y donde, curiosamente, había un grupo español que, como es habitual entre los latinos, hablaba en tono más alto que el normal. Me di cuenta que destacaba la voz del escritor Fernando Díaz Plaja, a quien conocía y con quien me fundí en ese abrazo que es habitual cuando uno se encuentra a tanta distancia y luego continué mi recorrido.

En la guerra de las Malvinas (Repetición)





Fue el 2 de abril de 1982, alrededor de las cuatro de la madrugada, cuando sonó el teléfono en nuestra casa uruguaya del Bulevar España, muy próxima a la playa de Pocitos. Pensé que algún compañero de la central de Madrid se había olvidado de la diferencia horaria y decidió llamar al delegado de Uruguay mientras que en la madrileña calle de Espronceda tomaban el café de las nueve. Pero no fue así. Era el director de internacional, que antes había sido delegado en Buenos Aires, mi gran amigo y paisano José Antonio Rodríguez Couceiro, por lo que ya me di cuenta que aquello iba en serio y más cuando, casi sin preámbulos formalistas, me dijo “Toma el primer avión y vete a reforzar la delegación de Buenos Aires, porque comenzó la guerra”.
Reconozco que en aquel momento surgió en mi mente la posibilidad de un conflicto con Chile por la titularidad del canal de Beagle, algo que ya se había amagado en otras ocasiones, pero Couceiro, experto en el tema, con tres palabras me situó en el problema de las Islas Malvinas.
Me levanté, mi mujer me preparó la bolsa con “ropa de campaña” y yo añadí la grabadora, dos cámaras fotográficas, cintas, rollos, bolígrafos y libretas, algo que siempre guardaba en casa, e inmediatamente me dirigí en un taxi al aeropuerto de Carrasco con la idea de tomar el primer avión del puente aéreo que salía a las siete de la mañana.
No tuve problemas con el billete y, una vez acomodado, recuerdo la euforia de la azafata de Aerolíneas Argentinas cuando le pregunté lo que pasaba en su país y me dijo que las Malvinas -los argentinos, lógicamente, jamás usaban el nombre británico de Falklands-, habían sido recuperadas, mientras que por los altavoces sonaba un cántico patriótico, que no se desde cuando estaría preparado, pero cuyo estribillo era “Malvinas, argentinas”.
Unos años antes ya se habían producido problemas al izarse una bandera argentina en una de las islas del archipiélago de las Georgias del Sur que con el de de las Sanwich del Sur, también desabitadas, formaban todo el completo de las Malvinas,
Tardamos poco más de media hora en cruzar el cenagoso Río de la Plata y nada más bajar en el Aeroparque, que está centro y muy próximo a la Costanera, me dirigí a la delegación de la Agencia donde ya me esperaban el delegado, Jesús María Zuloaga y el redactor Enrique Merino. Mientras me explicaban las informaciones que habían recibido por la radio y las agencias argentinas oficiales TELAM y NA, establecimos un plan para coordinar el trabajo. Zuloaga se quedaba en Buenos Aires, Merino salía para el puerto de Comodoro Ribadavia, donde estaba concentrada la armada argentina y yo volaría hasta Río Gallegos, la ciudad continental más próxima a las islas, unos 300 kilómetros, donde se había establecido el puente aéreo de transporte de tropa, material y alimentos.
Alrededor de las diez de la mañana fui al Ministerio de Relaciones Exteriores, en la Plaza del General San Martín, para acreditarme, algo para lo que no me pusieron pega alguna, compré en una agencia el billete de avión, que tenía la salida a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la calle Florida hasta la cercana Plaza de Mayor donde se encuentra la Casa Rosada, sede de la presidencia de la república. Sabía, pues me lo habían advertido, que para el mediodía estaba anunciada una manifestación de adhesión al gobierno, curiosamente cuando pocos días antes, y en ese mismo lugar, la policía había sacudido bien a unos manifestantes sindicalistas.
Gracias a la acreditación y más aún al hecho de ser gallego y encontrarme en la puerta lateral a un oficial de guardia que confesó apellidarse Carballo, pude entrar en la sede presidencial, subir por la escalinata central y situarme en un balcón contiguo al que ocuparía poco después el presidente, que entonces era el General Leopoldo Fortunato Galtieri, heredero de los nefastos Viola y Videla, un hombre que decía parecerse a Patton, pero no recordando al general norteamericano sino al actor George Scott que lo personificaba en la película.
Desde allí pude comprobar la euforia de los porteños que besaban a los soldados y que en un grito inmenso saludaron a Galtieri cuando se asomó al balcón, por cierto, sostenido desde atrás por alguno de sus oficiales, pues su equilibrio no era perfecto según las malas lenguas (o no tan malas) motivado por el efecto etílico. Cuando murió, en 2003, estando cumpliendo arresto domiciliario, después de haber pasado una temporada encarcelado, dicen que en un diario bonaerense apareció una esquela en la que estaba escrito: “Tu amigo Johnny Walker, no te olvida”. No se si es historia o leyenda.
Como aquello no terminaba, salí a dar una información por teléfono, comer un sándwich y trasladarme al Aeroparque para iniciar un vuelo de cinco horas sin escalas, ya que el avión en que lo hice no se detuvo en las habituales de Mar del Plata, Bahía Blanca, Comodoro Ribadavia y Trelew. Cuando bajé en Río Gallegos me di cuenta que en la pista había algunos aviones y helicópteros militares y otros de Aerolíneas Argentinas que, según me enteré más tarde, eran utilizados para transporte de fuerzas.
Durante el vuelo fui sentado al lado de un periodista argentino, nunca supe si era algo opositor a la dictadura militar o si, afín a ella, quería sonsacarme temas del país, por eso me limité a escuchar lo que me contó sin comentario alguno. Me dijo que el plan de invasión de Malvinas estaba preparado desde los tiempos del primer gobierno de Perón y que la cosa no resultaba difícil dado que los ingleses apenas tenían fuerzas. Por eso los buques de guerra argentinos pudieron llegar a la Gran Malvina donde la guarnición era de un oficial y unos 40 soldados británicos.
Un taxista me llevó a uno de los dos hoteles de la ciudad en el que logré habitación no sin cierta dificultad y “coima” (así dicen a la propina) ya que en su mayor parte estaban ocupadas por pilotos que hacían sus descansos en Río Gallegos, incluso alternándose las camas para dormir unos durante el día y otros durante la noche. Yo fui el primer periodista extranjero que llegó a esa pequeña ciudad, precedido solo de una redactora y un fotógrafo de la agencia oficial NA (Noticias Argentinas) y al día siguiente se sumaron un brasileño de “O Globo” y dos norteamericanos de la cadena de televisión CBS, además de un extraño holandés que nunca llegue a saber, a ciencia cierta, si era un colega o un aventurero porque jamás le vi escribir una línea ni dictar por teléfono una crónica, pero sin embargo estaba acreditado como informador ante el mando de la plaza, porque la certificación que nos dieron en el Ministerio tuvimos que ratificarla ante el Comandante Militar. Finalmente se completó el grupo con dos franceses de la AFP, un alemán de la DPA, un italiano de la ANSA y un norteamericano de AP, todas ellas agencias de cobertura mundial. Los periodistas, cuando coincidimos en un gran evento, sea una guerra, un torneo deportivo o una catástrofe meteorológica, nos reconocemos fácilmente sin que nadie nos presentes y nos sentimos muy unidos, sobre todo por la noche, después de dar la información, en el bar del hotel, Pero en estos grupos nunca intercambiamos informaciones fundamentales, pues a la hora de trabajar cada uno lo hace a su manera buscando aquello que pueda resultar más sugestivo para el medio al que va dirigido y, si puede ser, el “scoop”, es decir la exclusiva.
Nuestro primer intento, y en esto si que coincidimos, aunque buscando cada uno por su lado, fue dar el salto hasta el lugar del conflicto, es decir las Malvinas y sobre todo su capital Port Stanley que inmediatamente fue rebautizada como Puerto Argentino, pero esto fue totalmente imposible. Lo más que llegamos a saber es que en barcos y aviones habían llegado ya 10.000 soldados argentinos, es decir algo más que habitantes de las islas y algo menos que ovejas, que eran las que dominaban en su agricultura.
Los argentinos no quisieron que otros ojos, más que los suyos, y dirigidos por los mandos militares al frente de los cuales estaba como nuevo gobernador el General Menéndez, se contase lo que allí ocurría así situaron en la capital a un redactor y un fotógrafo de la agencia oficial TELAM, que estaba controlada por los militares y se limitaban a darnos una hoja fotocopiada con el parte del día algo que prácticamente no necesitábamos porque también se distribuía en Buenos Aires.
En vista de ello, cada uno comenzó a buscarse información como pudo. Los norteamericanos de la CBS alquilaron un coche sin conductor y se acercaron con sus cámaras y sus potentes teleobjetivos para filmar los movimientos de tropas. A las veinticuatro horas, mientras todos estábamos fuera del hotel, una patrulla al mando de un oficial, no solo revolvió la habitación de los norteamericanos, sino también las de los demás periodistas que allí nos alojábamos.
Finalmente todos quedamos “absueltos” pues no encontraron nada, salvo los de la CBS a los los expulsaron como precaución, después de velarles toda la película que tenían. Lo que no descubrieron es que uno, que llevaba una guitarra, había escondido material filmado dentro de ella pegado con esparadrapo. Pensé que había que ser un poco torpe el no sospechar que un par de profesionales de TV cargados de cámaras y trípodes hasta los topes, llevasen también una guitarra.
Algunos argentinos de NA, la otra agencia oficial, pasaban el día entrevistando a militares, aunque luego no publicaban más que sus opiniones sobre la familia, el fútbol y los tangos.
Yo me dedique a buscar españoles o descendientes paras ver si, a través de la vena patriótica, lograba cumplir con mi obligación enviado, como mínimo, un tema distinto cada día, pero siempre había gran hermetismo y casi tenia que dialogar con los pingüinos que abundaban en el puerto. Escribí también sobre los miles de chilenos que vivían en Río Gallegos y en sus alrededores, que estaban un poco asustados pensando en que los argentinos podían acordarse del canal de Beagle. Un día tomé el avión y seguí bajando hasta Ushuaia, la ciudad mas austral del mundo, pero lo único que conseguí es que me dieran un certificado turístico de que había estado allí, así que me volví a mi base de Río Gallegos.
Al cabo de una semana surgió el prodigo. Conocí a la alcaldesa, una mujer que rondaría los 55 años, soltera, abogada y muy habladora. La invité a cenar y comenzamos la conversación con el tema de los antepasados que en argentina tiene dos vertientes, la de los españoles (allí a todos nos llaman gallegos a todos) o la de los italianos llamados Tanos). Seguimos por la universidad, la carrera de derecho y se interesó mucho por el proceso democrático español y la figura de Adolfo Suárez.
A pesar de su cargo, la alcaldesa, cuyo nombre en aquel momento no quise memorizar y ahora, al cabo de tantos años, me sería imposible, añoraba tiempos argentinos anteriores a Videla, remontándose a la primera legislatura de Perón.
Cuando ya enfilamos la segunda botella de vino tinto chileno Cousiño-Majul, que era de gran calidad, acompañado por las habituales tapas de mejillones y almejas preparados al estilo de Chile, e iniciábamos el tradicional churrasco, la conversación fue derivando hasta la situación que estábamos viviendo, es decir la llamada “recuperación“ de las Malvinas. En aquel momento los argentinos estaban pensando que el tema no tendría vuelta atrás porque creían -¡pobres inocentes!- que Inglaterra no enviaría tropas para defender un lugar tan alejado. Nada más erróneo, entre otras razones porque Margaret Thatcher pasaba por un mal momento político y necesitaba de un hecho heroico y además las Malvinas no eran solo unos miles de ovejas y uno puerto para recalar pesqueros, sino un lugar de control estratégico del Pacífico Sur.
Entonces fue cuando la alcaldesa se destapó y me contó como en su ciudad y en otras de la costa, ya se estaban haciendo simulacros como apagones de luz continuados y como se había preparado la evacuación de la población civil, unos 20.000 habitantes, hacia estancias del interior, para el caso de que los ingleses llegasen a la costa continental con idea de desembarcar. Ancianos, mujeres y niños eran los primeros que deberían salir tanto en los vehículos privados como en autobuses públicos, por lo que todo aparato con motor, incluidas los tractores, estaban perfectamente localizados y utilizables, siempre para ir en dirección al interior ubicándose incluso en Calafate, una localidad próxima a los Andes y donde se encuentra el famoso glaciar Perito Moreno. Curiosamente algunas de esas estancias eran de propiedad de familias británicas radicadas en Argentina desde hacia varias generaciones.
Confieso que cuando escuché todo eso ya vi la crónica que justificaba mi estancia y la dicté a la delegación de Buenos Aires, como era habitual, desde un teléfono público, pues tenia la seguridad de que la línea del hotel la tenia intervenida. Sabía que había conseguido, por fin, una noticia diferente, pero no sospechaba de la repercusión mundial.
Lógicamente llegó, quizá a través de alguna embajada, posiblemente la de Madrid, hasta el gobierno pero con la suerte para mi, de que no apareció firmada , pues yo no lo había hecho, ni tampoco con referencia de agencia así al día siguiente por la mañana, un oficial del ejercito fue a nuestro hotel y nos entregó a los periodistas acreditados una citación para que a las cuatro de la tarde nos presentásemos en el cuartel general. Allí, el general jefe, con aspecto bastante airado, nos dijo que se había publicado una crónica en la que se revelaban altos secretos militares, pero que todavía no se sabía de donde había salido, porque en ella, y de eso yo me cuidé muy bien, no había referencia ni a personas ni a lugares así que podía haber sido escrita, incluso, en Buenos Aires. Pese a todo, y sabiendo como funcionaban los “milicos”, cuando nos dijo que nos daba un plazo de 24 horas para abandonar Río Gallegos, yo me quedé algo rezagado al despedirme y me acerqué a el para decirle que era tan obediente que no esperaba ese tiempo y que estaba dispuesto a irme en el primer vuelo que me proporcionasen. El general, más tranquilo, y llamándome “gallego” cosa que yo le aclaré que en mi caso era totalmente acertado, pues había nacido en Galicia, consultó con un oficial y finalmente me dijo que salía un vuelo regular de Aerolíneas Argentinas a las 20,00 y que iba directo al Aeroparque de Buenos Aires. Me dio un salvoconducto para que fuera admitido aunque no hubiera plazas. Tras la despedida, y como no quedaba mucho tiempo, fui al hotel, preparé mi petate y en un taxi partí para el aeropuerto que estaba a diez kilómetros. Cuando ya estábamos cerca, quizá a unos tres kilómetros llegó otro sobresalto. Se nos cruzó una patrulla militar con un jeep y me hizo salir. Les enseñé el salvoconducto del general y entonces me dijeron que como en ese último tramo estaba prohibido el acceso de coches privados, incluidos los taxis, ellos mismos me llevarían, así que se produjo la curiosidad de ir escoltado en los últimos minutos.
El aeropuerto estaba a media luz y abarrotado, tanto de soldados durmiendo en el suelo, como de personas, especialmente mayores acompañados de niños pequeños, que tenían pasajes y esperaban la oportunidad para embarcar. Cuando llegué al mostrador, tras decirme que no había plazas, enseñé el salvoconducto y me dieron inmediatamente la tarjeta de embarque advirtiéndome de que no podía facturar equipaje de bodega, cosa inútil pues lo mío era solo una pequeña bolsa. Desde un teléfono público llamé al delegado en Buenos Aires para decirle cuando llegaba y pedirle que me tuviera comprado el billete del puente aéreo para Montevideo e inmediatamente subí al avión. Después de advertirnos que no encendiéramos luces y que no levantásemos las persianas de las ventanillas, me sentaron y con gran sorpresa pusieron a un niño de unos tres años encima de cada una de mis rodillas, cosa que ocurrió también con casi todos los pasajeros, así que estiré el cinturón de seguridad todo lo que pude para poder abarcarlos. Me di cuenta, entonces, que llevar la bodega vacía era para compensar el sobrepeso de la cabina de pasajeros.
Serían sobre las tres de la madrugada cuando aterrizamos en el pequeño aeropuerto de vuelos locales, el Aeroparque Jorge Newbey, donde me esperaba mi colega ya con la tarjeta de embarque y como tenía tiempo libre charlamos y casi le di tema para que él mismo redactase otra crónica. Esta vez el avión que salió a las seis de la mañana, era de la compañía uruguaya Pluna, que alternaba con Aerolíneas Argentinas en este servicio.
Una llamada a casa tranquilizó a mi mujer, pues la prensa y la radio locales, y también la española, habían publicado una pequeña noticia en la que se informaba que los periodistas extranjeros que estaban fuera de Buenos Aires, habían sido expulsados y además algún “eficiente” colega de la redacción central, había puesto la coletilla de “entre ellos, el enviado especial de EFE. Albino Mallo”.
Antes de las siete de la mañana ya estaba en casa, respirando tranquilo después de que en el aeropuerto d Carrasco, me esperasen, no solo mi familia, sino también un grupo de amigos y colegas, como si fuera el superviviente de una guerra.
Pasados unos días, y cuando mis compañeros de Buenos Aires me dijeron que aquel incidente ya estaba olvidado, o al menos superado por otros, pedí autorización a Madrid para retornar a Argentina, y me lo dieron, pero entonces ya todo fue muy distinto, porque a los corresponsales extranjeros no nos dejaban salir de la capital y para informarnos habían instalado una sala de prensa en el Hotel Sheraton, con barra libre, es decir, todo un relajo. Allí nos llevaban los comunicados oficiales que nos limitábamos a transcribir. Hasta que finalizó la guerra, todo fue euforia porque los argentinos, especialmente los de la capital, estaban convencidos de que tenían dominadas a las fuerzas inglesas hasta el mismo momento en que se produjo la rendición, cuando la firmó el general Menéndez, comandante en jefe de las fuerzas destacadas en las islas.
Incluso quienes escuchaban emisoras de radio extranjeras, estaban convencidos de que su información era falsa, y no les faltaba parte de razón, porque Inglaterra montó también una oficina de prensa oficial a bordo de un buque de guerra y desde allí contaba lo que le convenía. El hecho de que la guerra se desarrollase en unas islas aisladas permitió esta especie de información afarolada y conveniente para unos y otros intereses, ya que no había testigos directos que fueran imparciales.
Luego, poco a poco, fueron surgiendo las realidades como por parte inglesa, el criminal hecho de hundir el acorazado “Belgrano” un buque comprado a los Estados Unidos, bastante vetusto, que había participado en la II Guerra Mundial y que estaba muy al Sur, cerca de Ushuaia, fuera de todos los limites de la beligerancia, y en cuyo hecho murieron más de 200 marineros inocentes.
También se supo que el destructor “Sheffields” y un carguero ingleses hundidos por la aviación argentina fue a través de los pequeños aviones de hélice Pucará, pilotados por auténticos camicaces, ya que cargaban un misil exocet y, volando a ras de agua para no ser captados por los radares, lanzaban el explosivo contra el buque inglés, pero como no tenían capacidad de fuerza para huir, al iniciar el ascenso, eran irremediablemente derribados desde el propio barco antes de hundirse.
Otra influencia grande en la guerra fue, por parte argentina, el hecho de que en los meses en que se inició, teóricamente otoñales, en las Malvinas ya había comenzado un invierno austral para el que no estaban preparados esos muchachos que, por cierto, procedían todos de regimientos de ciudades del interior, ya que apenas había porteños, es decir de Buenos Aires, así que seguían calzados con zapatillas y usaban vestuario ligero, por lo que se produjeron muchas congelaciones. Y por parte británica la llegada del trasatlántico Queen Elizabeth 2, con un regimiento de gurkas, es decir soldados profesionales de procedencia nepalí, que fueron los que tomaron los centros neurálgicos de Gran Malvina utilizando, generalmente, más sus cuchillos que los fusiles.
Si algo tuvo de positivo la guerra de las Malvinas, fue que provocó el final de las dictaduras militares ya que desposeído Galtieri, se nombro al general Bignone, con la intención firme de convocar elecciones, cosa que cumplió saliendo como presidente electo Raúl Alfonsín, al que yo luego entrevistaría primero en Buenos Aires, en un despacho clandestino que le habían habilitado en el sótano de la Casa de Lalín ya que es hijo de padre gallego oriundo de esa villa pontevedresa y luego, cuando ya era candidato, durante un viaje a Chile en el que desayuné con él y el presidente del partido radical chileno, este solamente tolerado, Enrique Silva Cima, en el Hotel Carrera. Pero mis encuentros con Alfonsín aún fueron más, ya que en un viaje que hice desde Galicia a Buenos Aires cuando ya era presidente, me recibió en audiencia en la Casa Rosada e incluso me invitó a ir al día siguiente, sábado, a su ciudad natal de Chascomús donde sus convecinos le ofrecían un homenaje, con asado, naturalmente y aun volví a estar con él en Oviedo en 1985, es decir recién llegado a España, durante una entrega de los premios Príncipe de Asturias en el que él recibió el de Cooperación Internacional. Alfonsí fallecio no hace muchos meses y todos los demócratas lo sentimos.

miércoles 18 de noviembre de 2009

El dia en que murió Mari Trini (Repetición)



Fue el miércoles, 6 de abril de 2009. Iba en automóvil para A Coruña cuando escuché la noticia de que se había muerto Mari Trini, con quien me unía una gran amistad. Sabía que estaba enferma, pues en alguna ocasión nos escribimos por email, pero hacía tiempo que no tenía noticias y, por lo tanto, ignoraba que estuviera internada. Tenía 61 años y falleció en su Murcia donde había nacido, y donde había fijado su residencia en los últimos años después de su retirada de los escenarios, la primera de las grandes cantautoras que tuvo España.
Conocí a Mari Trini en 1970 en San Sebastián, recién llegada de Francia donde había pasado cinco años y había grabado el primero de sus 25 discos con canciones en francés, propias de las repertorios de las grandes divas de la época como Patachou, Brel o Edith Piaff, destacado entre ellas su versión de “Ne me quitte pas” de Brel.
No había sido fácil la infancia de Mari Trini Mirabete, pues desde niña y hasta su adolescencia sufrió una enfermedad que le hizo pasar en cama 14 años, pero curiosamente para entretener ese tiempo estancado, comenzó a su aprendizaje con la guitarra, a cantar para la familia o los amigos y a componer algunas canciones.
Residiendo en Madrid con sus padres la escuchó en un recital el director cinematográfico Nicholas Ray, autor de “Rebelde sin causa” que por entonces trabajaba para los Estudios Bronston situados en las afueras de la capital de España y la ayudó a situarse incluso proponiéndole una película que nunca se llegó a rodar.
Cuando, recuperada, se marchó a Francia fue en busca de una formación que le gustaba y que siempre estuvo presente en sus canciones. Al regreso grabó su primer disco con canciones de Luis Eduardo Aute, Patxi Andión y alguno de ella, pero fue en 1970 cuando alcanzó su gran popularidad como cantautora con el segundo disco “Amores” en el que incluyó temas que luego fueron una constante en todos sus recitales como “Un hombre marcho”, “Cuando me acaricias” o “Vals de otoño”, todos con influencias bien asimiladas de la “chansson” francesa.
En los años 80 Mari Trini dio un giro tanto a la temática de sus composiciones, que se aproximaron más al pop como en los discos “Solo para ti” y “A mi aire”, como en su aspecto físico y vestuario, abandonando el aire más juvenil de tiempos pasados para adaptarse a un estilo propio de su edad y de su elegancia, siempre serena tanto en actuaciones como en sus diálogos.
Encontré en Mari Trini una amplia cultura que se reflejaba en sus letras en las que el tema del amor lo trataba con seriedad, pero sin pedantería. Creo que la última vez que estuve con ella fue alrededor de 1988 en Santiago de Compostela donde nos citamos para almorzar con ocasión de su viaje para actuar en el programa “Luar” de la Televisión de Galicia.

Ya por entonces prácticamente había dejado los escenarios, pero solía aparecer en los estudios de televisión hasta que, su delicada salud, que ni siquiera aun en los mejores momentos fue óptima, la obligó a retirarse totalmente, aunque con un par de excepciones de estudio, pues en 2001 grabó un disco acompañada por el trío mexicano “Los Panchos” y en 2005, pudo todavía grabar un disco doble recopilatorio de su carrera que fue premiado por la Sociedad General de Autores.
Y me consta, porque alguna vez nos escribimos por email, que todavía tenía la ilusión de publicar un libro de poemas, que con toda seguridad saldrá, y subir a un escenario de su ciudad murciana, para ofrecer un recital de despedida definitiva que ayer quedó truncado y que, en realidad, hubiera sido un esfuerzo sobrehumano, pero que la mantuvo ilusionada hasta los últimos días pasados en el Sanatorio Morales Meseguer de Murcia donde, además de la familia y el equipo médico, la acompañó hasta el ultimo momento, su guitarra.
Repito que, aun sabiendo que su salud nunca fue fuerte, la noticia de la muerte, sobre todo escuchada sin que se sepa nada de una agonía previa, suena como un disparo. La realidad es que con Mari Trini mantuve siempre eso que los jóvenes llaman mucha “química”, es decir una compenetración que jamás faltó aunque pasáramos años sin saber uno de otro. Ahora la recordaré con sus fotos y sus canciones.
Concretamente esta del blog es de 1970.

Mi amistad con Paco Rabal (Repetición)




Recuerdo perfectamente cuando conocí a Paco Rabal. Fue en Santiago de Compostela en un invierno de 1951, cuando yo estudiaba derecho y él, que había llegado formando para de la compañía Lope de Vega que dirigía José Tamayo para hacer un pequeño papel en el “Otelo” de Shakespeare, se alojó en la misma pensión donde yo vivía.
Paco, que había sido electricista en unos estudios de cine, deseaba convertirse en actor y en esta gira empezaba a tener pequeños papeles. Pronto congeniamos mucho y me hizo algunas confidencias como la de que estaba enamorado de Asunción Balaguer, que figuraba en la compañía como segunda actriz, ya que hacía el papel de Emilia, la criada de Desdémona (Maruchi Fresno) mientras que Otelo era el gran Carlos Lemos y Yago, Alfonso Muñoz. En esta ocasión fue también cuando conocí a Tamayo, con el que unos años después acabaría trabajando como colaborador fuera del escenario, es decir desde escribirle textos publicitarios hasta ir a por los cafés, y a los demás actores.
Cuando en 1953 me fui a Madrid para hacer el doctorado en derecho, Paco era un actor que empezaba a ser conocido como galán de cine. Tamayo, no lo incluyó en el reparto de una gira por América y esto, en el fondo le favoreció, pues después de algunas pruebas positivas, encontró un lugar en el mundo del celuloide.
Cuando Tamayo volvió, lo recuperó para hacer el hijo mayor de Willy Loman (Carlos Lemos) en el entonces revolucionario estreno de “La muerte de un viajante” de Arthur Miller, y algún tiempo después cuajó el noviazgo y el matrimonio con Asunción Balaguer.
Yo solía, de vez en cuando, visitarlos, bien en su casa, entonces muy cerca del parque del Retiro, en sus rodajes o coincidíamos en el Café Gijón o en el “Siete Picos”. En esa época Paco se dedicaba intensamente al cine haciendo ya protagonistas como “Hay un camino a la derecha”, “La guerra de Dios”, la divertida “Historias de la radio” donde Pepe Isbert hacía un papel sensacional y aparecía como locutor, el auténtico Boby Deglané, que había llegado desde Chile para triunfar en Radio Madrid, y que siempre repetía, a las jóvenes que iban a su programa y decían que eran solteras, la frase: “porque usted lo quiere”.
Recuerdo que alguna vez iba con Paco a tomar una copa a un baile de ambiente medio en “Las Palmeras” salón de la época que estaba de moda, sobre todo entre las “chicas de servir” como se decía entonces con un lenguaje casi zarzuelero (“pobres chicas, las que tienen que servir” era la frase que se cantaba en “La Gran Vía” de Chueca) y como ya era galán muy conocido causaba sensación. Yo por supuesto, era el furgón de cola.
Poco después, a finales de la misma década de los 50, Paco alcanzaría fama mundial tras su encuentro con Luis Buñuel quien lo eligió como protagonista de “Nazarín” y “Viridiana”, las dos filmadas en 1958. La gloria no se le subió a la cabeza y la amistad la seguimos manteniendo, cuando ya vivíamos distanciados, pero con encuentros esporádicos, algunos en Madrid y los cuatro últimos en Galicia, tras mi regreso, uno de casi un mes de duración, en Santiago de Compostela cuando filmó “Divinas Palabras” dirigida por José Luis García Sánchez, con otra gran amiga mía de juventud, Aurora Bautista y un elenco muy importante, en el que estaban Ana Belén, Esperanza Roy e Imanol Arias, reuniéndonos, casi todos los días después del rodaje, en el Hotel Peregrino donde se alojaban. Luego en Ferrol cuando filmó con Federico Luppí la película “Divertimento”, toda dentro del Teatro Jofre, aún sin restaurar, bajo la dirección del debutante José García Hernández, lo que Paco no solo aceptó, sino que le estimulaba ayudar a los jóvenes; después en Redondela durante una participación suya en “La novia de medianoche” de Antonio Simón, otro gallego, experimentado director teatral, pero debutante en cine, y en la que Paco aceptó un breve papel porque se trataba de un guión encontrado del gallego Rubia Barcia, colaborador de Buñuel, quien también había intervenido en la redacción y que incluso en alguna ocasión pensó rodar y finalmente en Pontevedra con ocasión del rodaje de “Dagon, la secta del mar”, una película de terror de Stuart Gordon para la productora Filmax, de mi amigo Julio Fernández rodada en 2001, donde hacía un corto pero intenso papel de viejo medio loco, medio borracho, que deambulaba por las calles de Combarro cantando la Rianxeira en gallego, lógicamente. Precisamente al despedirnos quedamos citados para volver a vernos en el Festival de Sitges, al que yo iba siempre invitado por Julio Fernández, donde se estrenaría la película en octubre, pero lamentablemente en agosto murió de una manera casi inesperada, regresando en avión del festival de Montreal donde le habían rendido un homenaje, y poniéndose mal tras la escala en Londres, lo que obligó al piloto a hacer un aterrizaje de emergencia en Burdeos, pero nada se pudo hacer por salvarlo. Cuando escuché la noticia creo que pasé uno de los momentos más dolorosos de mi vida, pues incluso antes de que saliera para Canadá habíamos hablado por teléfono para fijar la cita de Sitges.
En estos últimos años coincidí un par de veces con Asunción, una mujer extraordinaria, siempre enamorada de Paco y siempre cuidándolo y en este momento siempre recordándolo.
Todavía no me hago a la idea de que haya muerto. Me da la impresión de que algún día sonará mi teléfono y me dirá con su voz ronca, ya un poco cascada y llena de personalidad esa frase tantas veces repetida a de “prepara el marisco que voy a Galicia”.
Y acompaño la ultima foto que nos hicimos juntos.

lunes 16 de noviembre de 2009

Leo Masliah, un genio anda suelto





Hoy voy a comenzar este post recomendando que, antes de que se lea, se escuche el tema de piano y voz que lo ilustra, porque el personaje de Leo Masliah no es demasiado conocido a nivel internacional y, sin embargo, a mi me parece uno de los grandes genios del humor.
Leo es de Montevideo y allí lo conocí hace casi treinta años, cuando estuve destinado en esa ciudad. Estoy seguro que para alguna lectora que tengo de Uruguay y posiblemente también para alguna argentina, resulte familiar, pero fuera de estos dos países rioplatenses es casi un desconocido, aunque haya dado, esporádicamente, algún recital en Francia y en España.
Es fundamentalmente pianista, cantante y escritor. No solamente escribe los textos que luego interpreta, sino que también ha publicado algunos libros. Todo ello dentro de un sentido de humor crítico que resulta difícil de comparar pues no tiene la multiplicidad de Les Luthiers, ni la escenografía de Moncho Borrajo. Es más bien, cuando se le ve y escucha en el escenario, un hombre serio con gafas y un bigote casi a lo Groucho Marx.
Pero cuando se sienta ante el piano y empieza a cantar, sale a borbotones su ironía, su crítica, su gran sentido del humor hasta el punto de que con el conjunto de todos estos sentimientos, incluso obliga a pensar, a meditar sobre lo que quiso decir.
De sus libros puedo recomendar “La bolsa de basura” o “Cuentos impensados” que yo recibí desde Montevideo y no se si estarán editados en España aunque por la distribuidora virtual Amazon se pueden conseguir.
En su pagina web, que también la tiene, su humor está en todos los espacios, desde su autobiografía que titula “curriculum mortis” y en la que habla de sus inicios como pianista tocando a Haendel cuando tenía 20 años (ahora tiene 59), hasta sus composiciones más clásicas para trío, cuarteto y orquesta sinfónica, asta sus recitales recogidos en discos como “Cansiones barias”, las obras de teatro estrenadas como “El ultimo dictador y la primera dama” e incluso una ópera “Los cantos de Maldoror”, que estrenó en el Teatro Colón de Buenos Aires.
Pero para mi es fundamentalmente un prodigio del humor cantado acompañándose por su piano y siempre con su ironía cargada de granos de pimienta, máxime en aquellos tiempos de la dictadura en los que yo viví en Montevideo.
Recuerdo que cuando le pregunté como se definiría, haciendo un trabajo tan variado de actor, músico, compositor o escritor, me dujo, con su acento uruguayo y así lo dejé recogido en mi entrevista, sin modificar sus palabras:
- Ninguna de esas opciones que vos das se puede considerar una definición. Para definir hay que dar caracteres genéricos y caracteres específicos. Tus opciones dan sólo los caracteres genéricos. Ocupaciones o cualidades compartidas por un montón de personas en todo el mundo. Eso no define nada. Es como si quisieras definir un conejo y dijeras “es un animal”, o si le preguntaras a un conejo “cómo te definirías, ¿como un animal, una máquina, una sustancia?”; ahí no estarías definiendo al conejo, te estarías definiendo a vos, como animal.
Como comprenderéis, una respuesta como esta es definitiva.
Así que hoy, a riesgo de que tenga menos comentarios –cosa que me gusta recibir. Rindo este homenaje a un gran artista poco conocido, pero que se que os impresionará una vez lo escucheis, así que empezar por ahí.